Las Gotas. Ricardo Cie
Terriblemente mal.
Me recuerdas aquel texto de las gotas de Cortázar.
“Mira, es terrible como llueve, llueve todo el tiempo. Afuera tupido y gris…”
Llueves todo el tiempo.
No sé cómo decirte que así no es. Que no está bien. Y creo que lo entiendo todo, la cantidad de
años juntos, que el apartamento, esa pajarera valenciana, allá montada en un piso 16 se te
viene encima lleno de recuerdos, de las fotos que tomó, los aparatos que compró, las cámaras,
el proyector, hasta la pistola que decía él que no sabía “si tenía hueco” porque ni una vez la
disparó. También te rodean, lo sé, la pared, la lámpara, el zócalo, la repisa, el enchufe, la cocina
que reparó.
Porque, coño, no llamaba a un técnico ni de casualidad. Todo era susceptible de arreglarlo él.
Lo reparó todo. Y lo dejó de reparar todo cuando el cuerpo le fue fallando pero igual no quería
llamar a nadie porque no hacían nada bien y se fueron quedando las cosas así, con costras,
goteando. Y mira, más gotas.
Gotean las paredes, los recuerdos, tus ojos. Tus ojos cansados revisando fotos. Acostada en tu
lado de la cama rodeada de fotos que no vas a terminar de ordenar nunca porque no hay
álbumes suficientes, mami. Y la vida llenándose de polvo, el apartamento donde se van
clausurando trozos, como Cortázar otra vez y su casa tomada. Y esas determinaciones de
golpe irracionales, raras, una versión bizarra del duelo que no logro comprender:
“He roto todas las fotos donde no sale gente. Porque tu papá se la pasaba tomando fotos de los
paisajes cuando viajábamos y hay cientos de montañas y cielos y carreteras y paisajes y para
qué si no hay nadie ahí para recordar. Nada, solo paisajes”.
Recibo una foto de una foto en el celular. “¿La quieres?” “Tengo que ir vaciando este
apartamento”.
Y el otro día, de esos días de lluvia en este país, que es tan fuerte que llueve en varios estados
a la vez, que me dejaste ese audio en el celular:
“Estoy muy cansada. Agarré las cenizas de tu papá y la puse en sus macetas de la terraza.
porque dónde mejor. Un puñito en cada una. Pero me cansé mucho y ahora llueve horrible y
estoy muy cansada. Pero no quería tener más esas cenizas ahí, como esperando”.
E imagino los chorros de agua de esos de tormenta valencia corriendo por las canaletas que él
puso y cayendo con fuerza sobre las macetas donde él plantó todas esa matas, mezcladas
ahora con las cenizas de sus huesos y que por supuesto se llenan hasta los bordes y los
rebasan para caer, tierra y ceniza de huesos en el piso que recorriste tantas veces regando y
ahora te vas con la tierra por el desagüe sucio, dieciséis pisos para abajo hasta no sé, el
Cabriales, creo, como un torrente de gotas grises. Otra vez gotas. Otra vez grises.
Llevamos el luto terriblemente mal, mami, terriblemente mal.

Comentarios
Publicar un comentario